“Debería sacar su foto del curriculum”

Hace una semana tuve mi primera cita en la oficina del paro en Francia: el famoso Pôle emploi. Soy periodista. Francesa con doble nacionalidad peruana.

Después de haber trabajado durante 14 meses sin parar, la empresa en la que trabajé sin contar las horas me dijo que no tendría nada que proponerme a finales de agosto. Así que yo, como todos los que han trabajado en Francia 610 horas (o cuatro meses) en los últimos 28 meses (para los que tienen menos de 50 años),  empecé a rellenar la inscripción para la oficina del paro.

Con pocas ganas, la verdad. Pensé “ahora me toca ser una mantenida por todos. Una más en la lista”.

Al haber rellenado los documentos el 9 de septiembre, la oficina me dio mi primera cita el 30 del mismo mes.

Así que ese lunes por la mañana me levanté, revisé todos los documentos (curriculum, contratos, sueldos, inscripción) y me fui al centro de la ciudad, pensando: “Vamos, no pasa nada. Es un derecho al fin y al cabo. De todas formas no te vas a quedar así mucho tiempo. Tienes que lucharla.”

Cuando entré en la oficina ya había mucha gente esperando. Todas las clases sociales. Jóvenes y menos jóvenes. Muchos con cara de cansancio, otros, con el rostro lleno de esperanza y con ganas de encontrar un trabajo. No sé cómo explicarlo, pero en el momento en el que pisé esa oficina sentí tristeza y vergüenza.

Una señora vino a verme y me preguntó: “¿Tú hablas español?” Le conteste que sí. “Mira, quisiera poder inscribirme pero no hablo bien francés. ¿Cómo tengo que hacer?”, me preguntó.

Le expliqué un par de cosas. Ella es psicóloga peruana. Estudió en Cuzco y vivió durante cuatro años en España. Homologó su diploma y tiene la nacionalidad española. “He llegado esta semana. En España trabajé como auxiliar de enfermería y psicóloga, pero a nivel económico ya no me compensa. Además quiero trabajar para lo que estoy formada.” La crisis española también estaba en esa cola de espera.

Y entonces me llamaron para la cita. Un tío joven, delgado, alto y calvo. En el primer instante me pareció simpático. Sonriendo, me pidió los papeles. Contestó a todas las preguntas que le hice. Todo muy deprisa. Hablando rápido. A penas buscó ofertas de trabajo para mi caso.

“Hace tres años que no he visto a un periodista buscar trabajo”, me dijo riéndose.

En un momento dado, le pregunté:
“¿Qué pasa si me voy al extranjero por haber encontrado un trabajo…” No me dejó terminar la frase y me miró.

Y entonces él dijo sonriendo: “¿O sea para seguir recibiendo el paro desde fuera del país?”

Me quedé sin voz. Lo que iba a preguntarle era: ¿Cómo hago para dejar de estar inscrita y no recibir más la prestación?

Viendo mi cara de sorprendida el tío siguió hablando:
“Usted tiene derecho a declarar que ha estado 35 días fuera del país. Es un buen truco, los que regresan “au bled” (palabra que significa pueblo en árabe) declaran estar solo 4 días fuera de Francia… y pueden así seguir recibiendo el paro. ¿Me entiende?”

Bajé la mirada. Y pensé: “Pero este cree que vengo aquí para escuchar tonterías. Yo estoy aquí porque me he ganado ese derecho, trabajando.”

El consejero de la oficina del paro me estaba explicando los encantos y desencantos, los fallos de un sistema que por muy justo que sea, hoy en día, se está desmoronando. Pues claro, generalizando como él, es normal pensar que todos los parados son unos abusones.

Luego le pregunté si existía una oficina del paro para periodistas ya que una amiga mía me había comentado que en París había una.

Cogió el teléfono y llamó a una colega suya. Le preguntó. Ella le contestó. Y siguieron conversando:

“Sí tía, estoy esperando a que me den un puesto en el departamento informático, a partir del 22 de septiembre si todo sale bien. Bueno vamos hablando”

O sea que a mi consejero, en realidad le daba igual mi caso porque dentro de 20 días ya no estaría en ese puesto.

Le enseñé finalmente mi curriculum. Lo miró, me dio unos consejos para que los puestos que he ocupado estén más valorados.

Y luego pues no sé por qué le pregunté, sencillamente se me salió, lo de la foto:
“En su lugar yo sacaría la foto del CV”.
– ¿Por qué? (pregunté sorprendida)
– La foto está muy bien. Usted sale bien en blanco y negro…
– ¿Me quiere decir que puede haber posibles discriminaciones?
– Sí, posiblemente. Quizás a algunos empleadores no les guste. En su lugar la quitaría”

La culminación de la estupidez. Bajé la mirada. Sin decir nada. Era la primera vez que me decían semejante cosa en mi propio país, Francia. Ahora me estaba pasando lo que a tantos hijos de inmigrantes (marroquíes, argelinos, senegaleses en gran mayoría por la historia colonial francesa en África) les había podido pasar. Solo por el hecho de tener un color o un nombre que no sea “propiamente francés”.

Pensé: “Ya cuando era pequeña recibía algunas veces comentarios desagradables y racistas de los niños. No soy rubia, ni castaña, ni tengo los ojos azules o claros. No tengo la piel blanca. Soy bien morena, siempre con una sonrisa. Y soy francesa porque nací y me críe en este país. Mi madre es francesa. Mi padre es peruano. Y orgullosa estoy de ser lo que soy. ¿Quién tiene el derecho de definir si un tipo de persona (por su color de piel o sus rasgos) corresponde a una nacionalidad concreta?”

Poco después se terminó la cita. Lo saludé. Y me fui. Salí de la oficina como una boxeadora cansada de haber luchado.

Merci. Ahora siento lo que pudiste sentir papá. Cuando llegaste a Francia, hace 25 años, no hablabas ni el idioma. Lo que querías era trabajar. Salir adelante. Y lo lograste.

Francia está a unos meses de las próximas elecciones municipales. Tendrán lugar el 9 de marzo. Mientras tanto, solo espero que el país no caiga aún más en los discursos racistas, elitistas y populistas de la extrema derecha y de la derecha.

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